viernes, febrero 27, 2026

IA gobernada o IA desordenada: la decisión que define quién lidera (y quién paga)

La inteligencia artificial ya es infraestructura. Sin gobernanza, las organizaciones no tienen IA: tienen exposición al riesgo.

La inteligencia artificial ya no es un tema de «innovación». Esa etiqueta quedó vieja, cómoda y peligrosa.

La IA es infraestructura. Y como toda infraestructura, cuando se instala sin diseño, sin control y sin responsables, no genera progreso: genera fallas.

En América Latina seguimos discutiendo la IA como si fuera una herramienta opcional, cuando en realidad es un cambio de régimen. No está tocando «un área». Está tocando el corazón del trabajo, de la decisión, del control interno y de la confianza.

Y cuando una organización entra tarde, entra débil. Y cuando entra débil, entra pagando.

Lo digo con una ventaja desagradable: no lo digo desde la teoría. Me tocó ver esto en terreno, en empresas y en gobiernos, en contextos donde no hay margen para discursos.

Ahí la IA no aparece como «tendencia». Aparece como un acelerador brutal: acelera lo bueno si hay sistema, y acelera lo malo si hay desorden.

Por eso, la discusión seria no es «adoptar IA». La discusión seria es gobernarla.

Y acá empieza el problema: la mayoría cree que «usar IA» es sinónimo de estar avanzando. No lo es. Muchas veces «usar IA» significa incorporar una interfaz bonita arriba de decisiones opacas, datos pobres y riesgos sin dueño. Eso no es modernización. Es maquillaje.

La región tiene talento. Tiene energía. Tiene casos puntuales brillantes. Lo que no tiene, en escala, es lo que hace que la IA sea una ventaja sostenida: inversión consistente, infraestructura de datos y gobernanza ejecutable.

Y la falta de gobernanza no es un problema académico; es un problema financiero. Porque una organización sin gobernanza no sabe responder tres preguntas básicas: qué IA usa, para qué la usa y quién responde cuando falla.

Si no puede responder eso, no tiene IA: tiene exposición.

Mientras la región debate, el mercado ya cambió el estándar. Cuando una masa crítica de organizaciones incorpora IA en procesos reales —no en presentaciones— el costo de operar baja, la velocidad sube, el control mejora y el cliente se acostumbra a otro nivel de respuesta.

A partir de ahí, no competir con IA gobernada no es prudencia. Es resignación. Es como elegir administrar un aeropuerto con planillas sueltas: puede «funcionar» un tiempo… hasta que un día no.

Con los gobiernos hay que ser todavía más frontal. Esto no va solo de regular. Va de gobernar mejor.

Un Estado que no incorpora sistemas inteligentes en salud, seguridad, compras, recaudación, infraestructura y atención ciudadana pierde eficiencia, sí; pero sobre todo pierde conducción.

Y en gestión pública compleja, la intuición no es romanticismo: es riesgo. Cuando no hay analítica para detectar desvíos, cuando no hay trazabilidad en contrataciones, cuando no hay monitoreo predictivo en redes críticas, lo que se llama «gestión» empieza a parecerse demasiado a un acto de fe.

Y la fe no audita resultados.

Hay otro punto que casi nadie quiere mirar de frente: el riesgo no es solo «ciber». El riesgo es veracidad.

La IA ya habilita suplantaciones más convincentes, más baratas y más rápidas. El fraude escala porque ahora puede imitar voz, rostro, tono, urgencia y autoridad.

En este contexto, el error más común es creer: «como yo no uso IA, no tengo riesgo IA». Es exactamente al revés. Si no se la usa con gobernanza, se la sufre sin defensa. Porque el atacante sí la está usando.

Y el eslabón más vulnerable, casi siempre, es humano: la confianza. La IA, mal gobernada o no gobernada, convierte la confianza en una puerta giratoria.

El mundo no va a esperar a que la región madure a su ritmo. La regulación ya se está ordenando y, aunque nazca en Europa o en otros mercados líderes, su efecto es global: cadenas de suministro, proveedores, exportadores, licitaciones, seguros, contratos y requisitos de confianza.

No importa si a una organización le interesa «cumplir». Si quiere competir en serio, va a tener que demostrar control. Y demostrar control no es una declaración de intenciones. Es evidencia.

Por eso la discusión madura de la IA se resume en una frase: del entusiasmo al control.

Ese salto tiene un nombre técnico y un valor estratégico enorme: sistema de gestión. Cuando una organización convierte la IA en un sistema de gestión —con inventario, riesgos, responsabilidades, supervisión humana, ciclo de vida, incidentes, auditorías internas y mejora continua— deja de «probar IA» y empieza a operar IA.

La diferencia entre esas dos cosas es la misma que existe entre tener extintores y tener un sistema de seguridad contra incendios: uno decora; el otro salva.

En ese sentido, ISO/IEC 42001 no es un accesorio. Es el tipo de marco que separa organizaciones serias de organizaciones improvisadas.

No porque «certifique tecnología», sino porque obliga a ordenar lo que está desordenado: qué sistemas existen, qué datos alimentan, cómo se controlan, cómo se monitorean, cómo se responden incidentes, cómo se mejora.

Y, sobre todo, obliga a asignar responsabilidad real. No hay gobernanza sin dueños. Y no hay dueños sin consecuencias.

Como auditor, la postura es simple y, si se quiere, incómoda: certificar no elimina riesgos. Certificar demuestra que existe un sistema diseñado para identificarlos, tratarlos, reducir su probabilidad y responder mejor cuando ocurren.

Es la diferencia entre prometer confianza y poder sostenerla bajo preguntas difíciles. En la economía de la IA, la confianza no se gana con marketing. Se gana con evidencia independiente.

¿Qué debería hacer un CEO, un directorio o un ministro que quiera actuar sin caer en la histeria ni en la parálisis? Debería empezar por lo básico: saber qué IA existe dentro de su organización, en qué procesos toca decisiones relevantes y quién responde por cada uso.

Debería fortalecer protocolos de veracidad para evitar fraude por suplantación, entrenar equipos y blindar procesos críticos —pagos, altas, cambios, autorizaciones—.

Debería invertir en datos como quien invierte en energía: sin eso no hay productividad, hay humo.

Y debería asumir una verdad simple: la IA va a entrar igual. La única decisión real es si entra ordenada o desordenada.

No hace falta dramatizar. Hace falta decidir.

América Latina todavía está a tiempo, pero no está sobrada de tiempo. El tablero ya cambió. El que siga discutiendo la IA como un juguete de innovación va a despertarse compitiendo contra organizaciones que ya la convirtieron en disciplina.

Y en ese mundo, la ventaja no la tiene quien «usa IA». La ventaja la tiene quien puede mirarla a los ojos, auditarla, explicarla y defenderla.

Porque ese es el nuevo estándar de seriedad. Y el futuro, como suele pasar, no premia a los que opinan mejor: premia a los que controlan mejor.

Fernando Arrieta
Fernando Arrieta
Director Regional de G-CERTI Global Certification.
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