sábado, febrero 7, 2026

La IA y su futura dependencia de la energía nuclear

El avance acelerado de la inteligencia artificial está disparando el consumo energético mundial y reabre el debate sobre la energía nuclear como fuente clave para sostener su desarrollo.

La era digital en sí misma disparó el consumo eléctrico mundial con su entorno digital distribuido, conformado por internet —Web 2.0 de interacción y Web 3.0 del internet de las cosas—, la computación en la nube, la economía colaborativa, las criptomonedas, las plataformas comerciales, las redes sociales y la mensajería instantánea.

Solo para tener una noción del nivel de consumo energético del que hablamos, minar Bitcoin durante un año consume tanta energía como la que utilizan anualmente países como Finlandia o Francia.

Mantener funcionando la nube —Dropbox, Google Drive, iCloud, SkyDrive, OneDrive, Huawei Cloud, Amazon Web Service, entre otros— insume cerca del 2% del consumo energético mundial anual, mientras que sostener activa internet conlleva un consumo equivalente al 7% del total anual.

Sin embargo, estos niveles se dispararán con la activación masiva de centros de datos necesarios para el mantenimiento permanente de asistentes de inteligencia artificial general.

La inteligencia artificial y sus niveles de consumo energético a nivel mundial

El empleo de sistemas de procesamiento de lenguaje natural, la utilización de redes neuronales, aprendizaje automático, redes neuronales profundas y transformers implica mantener una gran cantidad de centros de datos activos y en funcionamiento permanente, lo que requiere una provisión energética sin precedentes en la historia de la humanidad.

Los centros de datos necesarios para el funcionamiento continuo de asistentes de IA demandan capacidades de potencia energética que se miden en gigawatts (GW).

Por ejemplo, el Estado de Virginia, en los Estados Unidos de América, alberga uno de los principales centros de datos que brinda asistencia en inteligencia artificial a América del Norte y Europa. Estos centros consumen actualmente 6,2 GW.

La Agencia Internacional de Energía registra que, a nivel mundial, Estados Unidos concentra un 45% del consumo energético asociado, la República Popular de China un 25% y la Unión Europea un 15%.

En esta carrera tecnológica basada en la IA y la automatización global mediante la robótica, se estima que para el año 2028 el consumo mundial de energía por parte de los centros de almacenamiento y procesamiento de datos para inteligencia artificial oscilará entre 325 y 580 terawatts hora (TWh).

Para dimensionar estas cifras, España consume alrededor de 255 TWh al año.

Este nivel de demanda energética lleva a pensar que solo mediante la reactivación de centrales nucleares podrá mantenerse el funcionamiento continuo de los asistentes de IA.

La energía nuclear como opción barata y tecnológicamente accesible

Estados Unidos, como primera potencia económica mundial hasta 2030, no está dispuesto a perder tiempo en la carrera por la IA y ya ha comenzado la reapertura de antiguas centrales nucleares, junto con la construcción de nuevas instalaciones.

La República Popular de China tampoco está dispuesta a ceder terreno en esta contienda, considerando que disputa el liderazgo global con EE.UU.

En paralelo, figuras como Bill Gates, ex cofundador de Microsoft, y Sam Altman, de OpenAI, han impulsado estudios e investigaciones para el desarrollo de Pequeños Reactores Modulares (Small Modular Reactors, SMR). Sin embargo, estas tecnologías no estarán disponibles en el corto plazo.

Lo cierto es que la era de la IA comienza a exhibir un fuerte impacto ambiental que durante mucho tiempo se intentó disimular con consignas sobre despapelización y reducción de la deforestación.

Es claro que la sociedad de la cuarta revolución industrial requiere de la inteligencia artificial y de elevados suministros energéticos. Sin embargo, resulta vital avanzar, en paralelo, en el desarrollo y la evolución de energías renovables a gran escala.

Carlos Christian Sueiro
Carlos Christian Sueiro
Abogado, diploma de honor, especialista y doctor en Derecho Penal por la UBA. Estudio en Göttingen Universität, Salzburg Universität y Max Planck Institut.
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