Todos dicen que la IA es prioridad. El problema es que nadie se está haciendo cargo

Un análisis sobre la desconexión entre la intención estratégica de adoptar inteligencia artificial y la capacidad real de las organizaciones para transformar su talento y procesos.

Hay algo que se está repitiendo en conversaciones con directorios y equipos ejecutivos: la inteligencia artificial es prioridad.

Lo dicen con convicción, lo instalan en sus planes y lo refuerzan en cada instancia estratégica.

Un artículo reciente del Instituto de Directores de Chile (IdDC), lo deja claro: la IA está en la agenda de 2026.

Pero en la misma conversación aparece el dato incómodo: la mayoría reconoce que no tiene las capacidades internas para implementarla.

Esto no es una contradicción; es una radiografía de lo que sucede hoy en las organizaciones.

Sabemos hacia dónde ir, pero no sabemos cómo hacerlo mientras el tiempo sigue avanzando.

Un estudio reciente de Anthropic muestra que cerca del 49% de los trabajos actuales ya puede utilizar IA en al menos un 25% de sus tareas.

No es para reemplazar personas, sino para hacerlas más productivas mediante una tecnología que ya no es el cuello de botella.

Entonces la pregunta deja de ser si esto va a pasar, sino por qué no está pasando más rápido.

Durante años, las organizaciones han operado bajo una lógica estable: primero se aprende, después se practica y, eventualmente, se aplica.

Ese modelo funcionaba cuando el cambio sucedía en un período largo, pero hoy esa metodología se queda corta.

La inteligencia artificial evoluciona en semanas, pero intentamos integrarla con procesos diseñados para otra velocidad.

Así se genera una brecha entre lo que se podría estar haciendo y lo que realmente ocurre dentro de las instituciones.

Esto se traduce en diferencias concretas de velocidad, competitividad y el anhelado retorno de la inversión.

Otra parte del problema es que seguimos haciendo las preguntas equivocadas, como quién paga el tiempo de aprendizaje.

Esas dudas parten de una premisa que ya no se sostiene: que el aprendizaje es algo que ocurre fuera del trabajo.

En el contexto actual, esa separación empieza a ser artificial porque la velocidad del cambio obliga a otra cosa.

No existen procesos formativos plug and play, pero tampoco tenemos el lujo de procesos que tomen años de maduración.

Esto empuja a redefinir el perfil profesional necesario, pasando de roles estáticos a trayectorias dinámicas y adaptables.

Lo que empieza a hacer sentido es un profesional capaz de incorporar nuevas formas de trabajar en ciclos mucho más cortos.

A eso se suma el entorno, pues debe existir un ecosistema que permita probar, equivocarse y ajustar sin penalizaciones.

Más que seguir instalando la IA como prioridad, la conversación pendiente es quién se va a hacer cargo de cerrar esta brecha.

La transformación ocurrirá cuando las organizaciones dejen de esperar el momento perfecto y se hagan responsables de su talento.

La tecnología ya está disponible y la diferencia estará en quién decide moverse primero y quién sigue esperando a estar listo.

Jorge Pinto
Jorge Pinto
Especialista en formación de talento para clientes en KIBERNUM.
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