El principal riesgo de la inteligencia artificial para este año no es «quedarse atrás» tecnológicamente, sino quedarse atrapado en el piloto: iniciativas aisladas que mejoran tareas, pero no mueven la aguja de la productividad.
La productividad es el gran acelerador del crecimiento. La IA ya demostró que puede acelerar análisis, automatizar flujos y reducir fricción operativa.
Sin embargo, el salto relevante ocurre cuando deja de ser un conjunto de «casos de uso» y pasa a ser un rediseño deliberado de cómo se decide, se gestiona y ejecuta en una organización de manera integral.
Estando presente no solo en los procesos, sino también de manera estructural, desde las capas ejecutivas hasta las operativas.
Chile necesita justamente ese salto. La productividad volvió a mostrar dos años consecutivos de crecimiento positivo (2024 y 2025), algo poco frecuente en la última década, y para 2025 se proyecta que la Productividad Total de Factores aporte entre el 0,5% y el 0,6% al crecimiento del PIB.
Al mismo tiempo, el Banco Central mantuvo para 2026 un rango de crecimiento de entre el 1,5% y el 2,5%.
En ese marco, la IA es una de las pocas palancas capaces de mejorar eficiencia transversalmente: menos tiempos muertos, menos reprocesos y tareas repetitivas, mejor asignación de recursos y decisiones más oportunas.
Si no se avanza en esta dirección, el crecimiento sigue solo dependiente del aumento de empleo e inversión, seguramente con rendimientos decrecientes. El aumento de productividad es lo que realmente puede acelerar el desarrollo.
¿Dónde aporta productividad real? En tres frentes muy concretos.
Primero, reduce costos de coordinación: menos tiempo en «pasar la pelota» y más tiempo en resolver.
Segundo, disminuye latencia decisional: cuando la información está dispersa o llega tarde, la empresa se vuelve lenta. La IA, bien integrada, puede anticipar y estructurar información útil para decidir a tiempo.
Tercero, eleva calidad operacional: estandariza, detecta anomalías y ayuda a que el servicio sea más consistente.
El World Economic Forum lo plantea con claridad: somos buenos creando tecnología potente, pero no tan buenos traduciéndola en productividad generalizada y prosperidad compartida. Esa «traducción» es precisamente el trabajo serio de 2026.
Esa traducción requiere disciplina, no entusiasmo. Hay tres condiciones mínimas para pasar «más allá del piloto».
La primera es partir por el proceso end-to-end, no por la herramienta: elegir una cadena de valor —ventas, cumplimiento, postventa; abastecimiento, inventario, distribución; recaudación, conciliación, fraude— y rediseñarla para que la IA tome decisiones repetibles, asista decisiones de alto criterio y deje trazabilidad.
La segunda es tratar los datos como infraestructura productiva y estratégica. Sin definiciones, calidad y gobierno del dato, la IA no puede avanzar en la creación de valor.
La tercera es gestión del cambio y talento: no basta con «usar IA». Hay que construir las capacidades que la sostienen: formación práctica por rol, rediseño de puestos, nuevos estándares de trabajo y liderazgo que mida impacto en KPIs de negocio —costo unitario, tiempos de ciclo, merma, NPS, continuidad—, no solo «horas ahorradas».
El punto país es igual de importante. La IA puede ser motor de desarrollo económico si se articula con una agenda productiva: modernización del Estado, adopción acelerada en pymes y un esfuerzo serio de capital humano.
En esa dirección, iniciativas como «Sigamos Construyendo IA para Chile« buscan articular formación, productividad y adopción. Sin colaboración público-privada y mirada multisectorial, la IA se quedará en islas: con buenos proyectos, pero poco efecto agregado.
La pregunta ya no es «¿tenemos IA?», sino «¿forma parte de nuestra estrategia de desarrollo, ya está inmersa en nuestros procesos productivos, comerciales, administrativos?».
Si en 2026 queremos consolidar una senda de crecimiento como país, basada en eficiencia —no solo en más capital o más horas—, entonces la IA tiene que salir del laboratorio y entrar al corazón de los procesos, con datos, gobernanza, ciberseguridad y talento.
Ahí recién deja de ser piloto y se convierte en productividad.
