¿Por qué la vocación también se construye en movimiento?

La vocación no siempre se descubre antes de empezar. Muchas veces se va armando mientras uno camina. Elegir es comprometerse con una dirección posible.

Hay una escena que se repite cada vez más: adolescentes, jóvenes y también adultos que quieren cambiar de rumbo, pero quedan frenados por una misma idea.

  • “No sé si esto es para mí.”
  • “¿Y si me equivoco?”
  • “¿Y si elijo algo y después no era?”
  • “¿Y si el mundo cambia otra vez?”

Y claro que cambia. Cambia el mercado laboral, cambian las carreras, cambian los modos de trabajar, cambian las prioridades, cambian incluso las formas de imaginar una vida posible.

Lo que antes parecía lineal —estudiar, recibirse, trabajar de eso durante años— hoy dejó de ser una secuencia tan clara.

En ese contexto, no sorprende que elegir se haya vuelto más difícil. Lo que sí preocupa es la cantidad de personas que quedan inmovilizadas esperando una certeza que, en realidad, casi nunca llega de antemano.

Porque hay algo que conviene decir con claridad: la vocación no siempre se descubre antes de empezar. Muchas veces se va armando mientras uno camina.

Ese punto me parece central.

Hay personas que creen que elegir bien implica sentir una seguridad total, una convicción cerrada, impecable, sin dudas. Pero la vida real no suele funcionar así.

A veces lo que aparece primero no es una certeza, sino una inquietud.

Desde la psicología, uno de los grandes problemas de este tiempo es que muchas personas confunden incertidumbre con error. Si no estoy completamente seguro, entonces no debería avanzar.

Casi sin darse cuenta, quedan atrapadas en la espera de una seguridad imposible.

Pero elegir no es adivinar el futuro. Elegir es comprometerse con una dirección posible aun sabiendo que ningún camino viene con total garantía. Una elección vocacional saludable nace de una construcción.

No se trata de lanzarse a ciegas. Se trata de no quedar paralizado por la fantasía de que primero tendría que estar todo resuelto. Cada persona necesita encontrar una brújula interna, no un mapa perfecto.

Esa brújula se construye en la intersección entre intereses, habilidades, historia personal, valores, deseo, contexto y realidad. A eso yo lo nombro Llamadón, un concepto desarrollado por mí para expresar ese cruce.

El problema es que muchas veces se les pide a los jóvenes que elijan desde una lógica demasiado exigente. Como si una decisión vocacional tuviera que ser perfecta, definitiva y rentable desde el minuto uno.

Pesa en chicos que sienten que si eligen mal decepcionan a sus familias. Pesa en adultos que sostuvieron una trayectoria durante años y ahora se sienten ridículos por volver a preguntárselo.

Pesa en personas brillantes que no están perdidas, pero sí saturadas de exigencia, comparación y miedo al error. Por eso hoy, más que apurar respuestas, muchas veces hay que habilitar mejores preguntas.

No solo “qué carrera me conviene”, sino también:

  • ¿qué cosas despiertan algo vivo en mí?
  • ¿qué actividades me conectan con una sensación de presencia?
  • ¿qué tipo de vida imagino?
  • ¿qué parte de mí quedó demasiado adaptada a lo que esperaban otros?
  • ¿qué capacidad mía está pidiendo más espacio?
  • ¿desde dónde quiero construir mi lugar en el mundo?

La vocación también habla de identidad. Del lugar que una persona siente que puede ocupar. De cómo quiere vivir. A veces emerge de a poco. A veces se prueba. A veces se corrige. Y eso no invalida la búsqueda. La vuelve más humana.

Creo que una de las tareas más necesarias hoy es desacralizar la elección perfecta. Bajarla del pedestal. Sacarla del lugar de examen final. Porque cuando elegir se vive como una sentencia, el miedo crece.

Elegir con madurez no siempre significa tener todas las respuestas. A veces significa tolerar que no las voy a tener todas y, aun así, animarme a dar un paso con criterio, con escucha interna y con cierta honestidad.

Muchas veces la claridad se construye andando. Porque la vocación no siempre llega como un rayo. A veces empieza como una pequeña señal. Una incomodidad. Una pregunta. Una atracción persistente. Un fueguito.

Y hay algo importante en esto: no pisar ese brote por no poder nombrarlo todavía. A veces no hace falta saberlo todo para empezar. A veces hace falta empezar para empezar a saber.

Romina Halbwirth
Romina Halbwirth
Psicóloga, orientadora vocacional y desarrolladora del concepto Llamadón.
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