La inteligencia artificial llegó a las empresas para aumentar la productividad, automatizar tareas y agilizar procesos.
Sin embargo, su rápida adopción también muestra las dos caras de la moneda: mientras los colaboradores incorporan cada vez más herramientas en su trabajo diario —muchas veces sin supervisión de las áreas de TI, en un fenómeno conocido como Shadow AI—, los ciberdelincuentes aprovechan esa misma tecnología para crear fraudes más convincentes, campañas de phishing personalizadas y ataques de ingeniería social cada vez más difíciles de detectar.
Este desafío de dos frentes está obligando a las organizaciones a enfrentar una encrucijada sin precedentes: controlar cómo se utiliza la tecnología dentro de la empresa y, al mismo tiempo, prepararse para una nueva generación de amenazas impulsadas por esa misma herramienta.
De acuerdo con Gartner, el 34% de las organizaciones que utilizan herramientas de IA generativa ya experimentó incidentes de seguridad o exposición involuntaria de datos.
El riesgo va mucho más allá del uso de chatbots públicos: investigaciones del Ponemon Institute indican que más del 40% de la información comprometida en este tipo de incidentes corresponde a propiedad intelectual y secretos comerciales, datos que pueden ser compartidos inadvertidamente por los propios colaboradores a través de asistentes virtuales, extensiones de navegador u otras herramientas no autorizadas.
Sin embargo, el problema no termina allí. La inteligencia artificial también se ha convertido en una aliada de los atacantes. En la actualidad se utiliza para redactar correos de phishing prácticamente indistinguibles de los legítimos, clonar voces de ejecutivos, crear mensajes altamente personalizados e incluso facilitar fraudes a través de canales corporativos como WhatsApp o Telegram.
El fin del criterio humano como única barrera de defensa
Frente a este escenario, las organizaciones ya no pueden limitarse a identificar qué aplicaciones utilizan sus colaboradores ni a confiar únicamente en la capacitación tradicional. La velocidad con la que la información circula y la sofisticación de los ataques exigen pasar de un enfoque estático a uno centrado en la visibilidad de datos y la respuesta continua.
“Durante años enseñamos a las personas a desconfiar de los correos con errores de ortografía o de los mensajes sospechosos. Hoy la inteligencia artificial eliminó muchas de esas señales. Los ataques son cada vez más convincentes y las empresas ya no pueden depender únicamente del criterio humano para detectarlos”, explica Marcos Reis, CEO de Mercurius Cybersecurity.
En este nuevo contexto, la clave no pasa por restringir el uso de la tecnología, sino por automatizar el control de los datos sensibles antes de que salgan de la red corporativa y operar con capacidades de detección en tiempo real.
El ejecutivo agrega que: “La IA está acelerando tanto a las empresas como a los atacantes. La diferencia estará en quién sea capaz de detectar y responder primero. Por eso, las organizaciones necesitan una estrategia integral que combine gobernanza sobre el uso de IA, protección de los datos sensibles y operaciones de seguridad capaces de monitorear y responder a amenazas las 24 horas del día”.
Hacia un modelo de resiliencia inteligente
La evolución acelerada de la tecnología demuestra que la protección de datos ha dejado de ser un asunto puramente técnico para convertirse en un pilar estratégico de la continuidad del negocio.
En un mercado donde la adopción de herramientas digitales no se detendrá, el verdadero margen de ventaja para las empresas de la región no estará en prohibir la innovación, sino en construir un entorno seguro donde la tecnología potencie la productividad sin exponer los activos más valiosos de la organización.
