lunes, marzo 16, 2026

Del mito de la soberanía a la realidad de la seguridad de la información

El debate sobre cables internacionales debe centrarse en resiliencia, diversidad de proveedores y arquitectura de seguridad, no solo en disputas geopolíticas.

La reciente polémica en torno al proyecto del cable de fibra óptica proveniente de China a Chile ha generado un ruido que desvía la atención de lo realmente importante para la seguridad digital: la resiliencia y la independencia tecnológica frente a riesgos reales.

En Chile, como en la mayoría de los países, dependemos de proveedores extranjeros para una parte sustancial de nuestra conectividad y servicios críticos. Esa dependencia no es intrínsecamente negativa, pero sí implica riesgos que deben gestionarse con rigor técnico, transparencia y diversidad de proveedores.

Lo que no contribuye al debate público es confundir la dimensión política con el riesgo cibernético concreto. Que un cable esté bajo jurisdicción de otro país o que su fabricante tenga vínculos con determinada nación no implica automáticamente manipulación de comunicaciones ni comportamientos maliciosos.

El ciberespacio no opera por afinidad ideológica entre Estados, sino por estructuras de control, medidas de seguridad y capacidad de respuesta ante incidentes. Esas son las variables que deben guiar cualquier evaluación seria de proyectos de conectividad internacional.

La cuestión de fondo no es si un país es o no un socio estratégico, sino si la arquitectura de conectividad es diversa, auditable y resiliente. Cuando una infraestructura crítica depende de un único proveedor o de un único punto de falla, se generan vulnerabilidades que podrían afectar servicios esenciales ante tensiones geopolíticas, ciberataques o fallas técnicas.

Por eso, la respuesta no es el aislamiento ni la nacionalización total de la conectividad. La prioridad debería ser construir un ecosistema con múltiples rutas, acuerdos de seguridad y estándares transparentes de monitoreo y auditoría.

También es legítimo plantear preguntas operativas. ¿Cómo se garantiza que una infraestructura con jurisdicción extranjera no obstaculice la detección y mitigación de incidentes? ¿Qué salvaguardas existen para proteger la privacidad de los datos y la integridad de las comunicaciones cuando un tramo clave no está bajo nuestras leyes?

Estas preguntas requieren respuestas técnicas y regulatorias antes de que el debate derive en confrontaciones políticas. Lo central no es la propiedad del cable, sino el diseño de una infraestructura ciberresiliente y robusta frente a la incertidumbre.

Eso implica diversidad de rutas y proveedores, capas de seguridad, monitoreo continuo, auditoría transparente y resiliencia operativa para el sector público y privado.

Además, conviene reconocer una realidad económica evidente: China es uno de los principales socios comerciales de Chile. Esa relación no desaparecerá en el corto plazo y tampoco debería impedir colaboraciones tecnológicas que aporten valor.

Lo razonable es establecer marcos de cooperación con salvaguardas técnicas claras, incluyendo cláusulas de ciberseguridad en los contratos, evaluaciones periódicas de riesgo y mecanismos de resolución de disputas basados en normas internacionales.

La polémica actual tiene más relación con la geopolítica y la estrategia de suministro que con amenazas técnicas directas. Eso no invalida las preocupaciones de seguridad, pero sí exige un enfoque más sofisticado y práctico.

La pregunta para el debate público no debería ser si aceptar o rechazar determinados proyectos por su origen, sino cómo garantizar resiliencia tecnológica e independencia operativa sin sacrificar cooperación ni desarrollo económico.

Responder esa pregunta con planes concretos, estándares claros y supervisión independiente fortalecerá la seguridad digital del país mucho más allá de cualquier coyuntura política.

Gabriel Bergel
Gabriel Bergel
CEO de 8.8 Computer Security Conference.
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